Enanas vistosas La mayoría de las estrellas de nuestra galaxia, la Vía Láctea,
son pequeñas y tenues ascuas cósmicas conocidas como enanas rojas.
De hecho, casi un 70% de las estrellas de la galaxia son enanas rojas, incluyendo
nuestra vecina estelar más cercana: Proxima Centauri. El propio nombre
de “enana” apunta a su escaso tamaño y remite a una pregunta
muy antigua acerca de estas estrellas: ¿Cuál es el tamaño
más pequeño de una estrella para seguir considerándola
como tal?
Las palabras que los astrónomos usan para describir estrellas evocan
los cuentos infantiles de hadas: enanas blancas, gigantes rojas, enanas rojas
y gigantes azules, entre otros.
La característica que distingue de a una estrella gigante de una enana
es el tamaño, el cual depende de la masa y de la etapa vital en que
esté la estrella. La característica que diferencia una estrella
roja de una estrella azul es la temperatura. Nada más sacar una barra
de hierro de la forja del herrero, se ve de color blanco. Al enfriarse, su
color pasa de naranja brillante a un rojo apagado, y después negro.
Ahora sabemos algo sobre las enanas rojas sólo con leer su nombre:
tienen una temperatura de superficie y una masa relativamente bajas.
En la jerga astronómica, la mayoría de las enanas rojas están
clasificadas como enanas de clase “M.” La M procede de un sistema
que clasifica las estrellas basándose en la temperatura de su superficie.
Las superficies de las enanas M están a unos 4500 grados Fahrenheit
(2,500 C), menos de la mitad de la temperatura de superficie del Sol.
Las enanas M, sin embargo, acaban de perder el título de estrellas
más frías con el descubrimiento de las enanas L, una clase de
objetos apagados y fríos que apenas pueden considerarse estrellas.
La masa determina casi todo en una estrella: su temperatura, su color y la
rapidez a la que evoluciona su interior. La cantidad de energía que
circula por la superficie de la estrella determina su temperatura y su color.
Una estrella emite más o menos energía dependiendo de la presión
en su núcleo. Cuanta más masa, más alta la presión.
Como su masa es tan baja, la presión en el núcleo de una enana
roja es baja, por eso estas estrellas son frías, rojas y duran mucho,
mucho tiempo –quizás un billón de años o más,
comparado con los aproximadamente 10 mil millones de una estrella como el Sol.
En la actualidad, muchas investigaciones se dedican a estudiar cuál
es la cantidad mínima de masa necesaria para que se dé el proceso
de fusión nuclear. Si hay poca masa, la presión central nunca
llega a subir lo suficiente para desencadenar la fusión. Pero, si hay
suficiente masa, la fusión comienza –y nace una estrella. El intervalo
de masa para ser “estrella-o-no estrella” parece estar entre el
siete y el ocho por ciento de la masa del Sol.
Incluso antes del descubrimiento reciente de las enanas L, se sabía
de unos cuantos objetos que estaban por debajo del mencionado límite
de “estrella-no estrella.” El acto de formación proporciona
suficiente calor para que el más joven de estos objetos produzca luz
visible, como una barra de hierro recién sacada de la fragua. Los vemos
en el proceso de enfriamiento. El rojo apagado tira a marrón, de ahí el
nombre de “enanas marrón.”
Las enanas rojas son la siguiente parada en el continuo viaje de descubrimiento.
Los astrónomos pensaban que eran las estrellas más frías,
pero ya no lo son. Siguen siendo valiosas, sin embargo, porque las estrellas
binarias que contienen enanas M es donde se buscan las enanas marrones. Sea
cual sea el proceso de formación de estrellas, parece favorecer las
masas bajas, ya que hay más enanas M que cualquier otro tipo de estrella. ¿Hay
más enanas L que enanas M? Los sondeos del cielo intentan contestar
esa pregunta.
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